FERIADO EVANGÉLICO, VOTO EVANGÉLICO, INDEPENDENCIA EVANGÉLICA

Publicado en 6 Enero 2010

AMADOS HNOS., A PESAR DE QUE MUCHOS O LA MAYORIA DE LO EVANGELICOS EN CHILE ESTAN FELICES CON EL FERIADO EVANGELICO DEL 31 DE OCTUBRE, HAY MUCHOS OTROS QUE NO ESTAMOS DE ACUERDO CON ESTA INICIATIVA Y TENEMOS UN PUNTO DE VISTA MAS CRITICO. NO CREO QUE EL RECONOCIMINETO POLITICO DEBA SER LA META DE LA IGLESIA DE CRISTO, LA SGTE. NOTA DE LOS HNOS. DEL MINISTERIO  "ESTUDIOS EVANGELICOS" EXPRESA Y REPRESENTA EN SU TOTALIDAD MI PENSAR, LEANLA, ESTA MUY BUENA.

AMOR Y PAZ LES DESEA CESAR

 

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FERIADO EVANGÉLICO, VOTO EVANGÉLICO, INDEPENDENCIA EVANGÉLICA
Comité Editorial


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1. Feriado evangélico, algunas razones de un no

 

Hace un mes, el 31 de octubre, se celebró por segundo año un feriado evangélico en Chile. Al debatirse en años anteriores tal iniciativa, manifestamos públicamente nuestro desacuerdo1. El tiempo transcurrido desde entonces puede ser una buena ocasión para revisar las opiniones que vertimos entonces y evaluarlas a la luz de lo que ha sucedido con tal feriado desde su promulgación. Pero también puede servir como caso paradigmático para pensar sobre la relación evangélica con la política.

¿Por qué nos opusimos? Había y hay argumentos de todo tipo. En primer lugar, que ningún feriado sin arraigo popular subsiste en el tiempo. El feriado católico de corpus Christi subsistió en Chile sólo algunos años, para ser luego quitado porque no lo celebraban. Lo mismo ocurrió con el día de la unidad nacional: como no hay unidad nacional, desapareció también la artificial celebración de la misma. ¿Y el 31 de octubre? En pocos años Halloween ha logrado algo de arraigo –cualquiera podría creer que por eso es el feriado. Pero el feriado evangélico no tiene arraigo ni podrá por un mero decreto lograrlo. Y es falso que las iglesias evangélicas tengan en dicha ocasión una celebración que pueda requerir un feriado: las pocas iglesias donde hay algún acto conmemorativo lo tenían ya antes de que existiera el feriado. En cambio, la mayoría no sólo del país, sino incluso de las iglesias evangélicas, apenas lograría balbucear algo sobre qué es lo que supuestamente se está celebrando, y en la mayoría de las ciudades la cosa se reduce a un par de aburridos discursos sumado a la presencia de alguna banda musical que los jóvenes considerarán lo único que valió la pena del evento. Pero es obvio que iba a ser así: no existen las fiestas por decreto, y donde las hay sirven en realidad propósitos distintos de la celebración que se pretendía.

En segundo lugar, presentar el feriado como un homenaje al mundo evangélico parece irónico si se piensa en la cantidad de veces que la ética protestante ha sido presentada como una ética del trabajo. Precisamente esa ética queda negada por un feriado de esta naturaleza. Y por ello este feriado no existe, como señalamos en su momento, en países protestantes, salvo por unas pocas regiones de Alemania (pero ahí, por supuesto, no es por motivos religiosos que subsiste tal feriado). Desde luego el descanso puede ser bueno, e incluso hay un sentido en el que al mensaje cristiano le es integral cierta visión del reposo. Pero es muy significativo que precisamente al mismo tiempo que se reclamaba y ofrecía un feriado evangélico, haya habido un total silencio cristiano sobre el siempre creciente trabajo dominical. ¿Cómo es que hemos sido incapaces de dar alguna sugerencia creativa respecto de esa realidad que afecta a tantos conciudadanos, siendo que tenemos incluso un mandamiento al respecto?2 ¿Cómo se explica el silencio respecto de la constante pérdida del domingo en medio de tanto ruido en torno al feriado?

Pero además de esto, y de otros muchos argumentos, hay cuestiones más de fondo, y aquí el feriado nos puede servir de ejemplo para discutir problemas generales de nuestra sociedad y nuestras iglesias. Veamos.

2. Política del reconocimiento

Existe un fenómeno típico de las sociedades pluralistas contemporáneas, que podemos llamar política del reconocimiento. No se trata simplemente de reconocer lo que todos tenemos en común ni la dignidad de todas las personas, sino de un reconocimiento especial dado a algunos grupos, especialmente a aquellos que hayan estado en situaciones de minoría u opresión. Detrás de esta política está la idea de que la identidad de estos grupos sólo puede ser salvada si se los hace objeto de un expreso reconocimiento no por lo que tienen en común con el resto de los hombres, sino por lo que ellos singularmente son. Esto es típico de lo que en general se puede designar como política del multiculturalismo3. Nos es conocido, por ejemplo, como parte de las reivindicaciones de grupos aborígenes: buscan que las constituciones de los países latinoamericanos incluyan referencia expresa a las etnias llamadas originarias, pero en general no aceptan que tal referencia vaya acompañada de cláusulas del tipo "al igual que los restantes chilenos", lo cual obstruiría la finalidad del nuevo tipo de reconocimiento que hoy se busca: no se está hablando de la igualdad –y los protagonistas de estos temas lo saben bien- sino de discriminación positiva. Este es el tono de la contemporánea política del reconocimiento. ¿Pero por qué nos debe como cristianos preocupar eso? Al menos dos cosas deben aquí ser tenidas en mente: por una parte, debemos abrir los ojos a que el feriado evangélico es precisamente un caso de tal política y, por otra parte, debemos preguntarnos si acaso no debiéramos ser algo más cautelosos en la promoción de tal política, que refleja un tipo de mentalidad cuyo alcance no parecemos comprender.

Por lo que respecta al primero de dichos dos puntos, considérese lo siguiente: las iglesias evangélicas son, al menos en los países latinoamericanos, un ejemplo prototípico de un grupo que antes era minoritario y que, si bien en términos absolutos lo sigue siendo, es al menos ahora suficientemente numeroso y bien posicionado como para comenzar a reclamar derechos. Nuestras iglesias se encuentran en este sentido en una situación análoga a la de los homosexuales, otro foco predilecto de políticas de reconocimiento. Indudablemente, esto pone a las iglesias evangélicas ante un tema que merece cierta reflexión. Pues, en particular en aquellos países en los que se ha sido minoría, puede ser una tentación el adherir irreflexivamente a la actual política del reconocimiento, precisamente buscando ser reconocidos; buscando ser, como grupo antes discriminado y no-reconocido, ahora objeto del peculiar reconocimiento propio de las minorías en busca de reivindicación. Diversas autoridades se han expresado claramente sobre el feriado de ese modo. Y aunque las autoridades tiendan a mezclar los términos, para quien se detenga a pensar al respecto queda claro que un feriado evangélico no cabe ni bajo el ítem "libertad de culto" ni bajo el ítem "igualdad de culto" (¡como si eso no lo tuviéramos ya!): es pura y dura "política del reconocimiento".

En cuanto al segundo punto, el deber de ser más cautelosos, las cosas son muy sencillas. La filosofía detrás de las políticas del reconocimiento no es "el grupo x ha hecho tantas cosas buenas, démosles pues un reconocimiento y un incentivo público", sino "el grupo x es una minoría no tradicional, démosles pues un reconocimiento y un incentivo público". Siendo así las cosas, no tiene sentido soñar con que este tipo de reconocimientos se aplicarán sólo hasta cierto punto, sólo a ciertos grupos, sólo a quienes hagan el bien, etc. Si aceptamos que se aplique respecto de nosotros, tendremos que aceptar que se aplique –no con un feriado, desde luego, pero sí con otros incentivos- respecto de otras minorías por el sólo hecho de ser minorías, no porque sea bueno lo que hagan. Las iglesias evangélicas habrán así ellas mismas acentuado antes de tiempo la llegada de discusiones en las que no están preparadas para participar.

Pero adherir a estas políticas de reconocimiento también es significativo por lo que dice sobre nuestra incapacidad de estar satisfechos en el simple hecho de ser aceptados por Dios. Somos capaces en nuestras prédicas de hablar contra el afán humano por recibir constantemente el reconocimiento de parte de otros hombres, pero estamos ciegos o mudos respecto del mismo tipo de actitud a escala mayor. En efecto, éste puede ser un buen punto de transición para evaluar cómo nuestra pérdida de visión respecto de la soberanía de Dios nos lleva a desesperar respecto de quién tendrá la soberanía política en nuestro país. Cerremos con algunas palabras al respecto.


3. Independencia de juicio y acción cristiana

Hay manipulaciones obvias del feriado, secuelas naturales de la política del reconocimiento, y también esto debe ser tenido en cuenta. Pues el reconocimiento político –a diferencia de la aceptación por parte de Dios- no es gratuito: se paga recibiendo llamados a votar por el que brindó el reconocimiento. Los hemos recibido elocuentemente: los candidatos se pelean por estar presentes en nuestros actos, nos entregan sus bendiciones sacerdotales a través de la franja electoral y se apuran en elogiar todas las maravillas que según ellos hacemos. La cacería del voto evangélico es feroz, y es seguida de cerca por líderes evangélicos que de hecho creen poder disponer de dicho voto (como si existiera un uniforme voto evangélico), ofreciéndolo a tal o cual candidato, o llamando a votar por tal o cual. "Lo que nos ha regalado la Concertación no nos lo habría dado nadie más", dicen unos, "Piñera es una garantía de posiciones más moderadas en temas <valóricos>", nos dicen otros. Ambas cosas son seguramente falsas: cualquiera nos habría dado lo que el gobierno de turno nos ha dado –porque hoy en día todos adhieren a las políticas del reconocimiento-, y nadie es una garantía en temas "valóricos". Lo que sí es verdad, es que hay un triste matrimonio entre estos temas, en cuanto el afán por obtener reconocimiento puede llevar a negociar con posturas contrarias a la ley de Dios.

Todo esto es deprimente por varios motivos: por el sentido de urgencia con que se nos llama a votar o no votar por tal o cual candidato –como si sobre todo en las urnas se decidiera el futuro, y no en una preocupación de largo plazo por la educación, por ejemplo- y porque revela que no hay una agenda propia de los cristianos en los temas públicos, sino que andamos meramente revisando las agendas de los otros, para ver si hay puntos de encuentro que nos lleven a preferir a uno u otro. Esto se puede sintetizar como una pérdida de independencia de las iglesias en su juicio, pérdida de independencia que se refleja, como tantos problemas humanos, en el temor (aunque el temor se oculte muchas veces tras declaraciones aparentemente valientes). "¿Qué pasará con nuestro país si gana tal o cual, si se aprueba tal o cual cosa?" Y el temor nos lleva a la pregunta del chapulín: "¿y ahora, quién podrá ayudarnos?" En el Antiguo Testamento este tipo de situación se encuentra típicamente ilustrada en el caso de israelitas que bajan a Egipto a pedir ayuda en momentos de desorientación. Tal como ellos, nos vemos a ratos "bajando a Egipto". ¿Y qué?, dirá alguno. ¿Son acaso malos todos los egipcios? No, es verdad que no lo son. ¿Es acaso imposible que un egipcio dé cierta protección a un israelita? No, también eso es posible. Tampoco todos los políticos son malos, ni hay que rechazar todo lo que se recibe del mundo político. Pero Dios quiere una iglesia que se pueda mover con independencia de juicio: "Si os quedareis quietos en esta tierra, os edificaré, y no os destruiré; os plantaré, y no os arrancaré", promete Dios a los que no buscan auxilio en Egipto (Jeremías 42:10-14).

¿Pero qué es la independencia de juicio y cómo se alcanza? Al que no sabe lo que es, nada que digamos aquí podrá ayudarlo. Pero algo se puede decir sobre la forma de adquirirla. Lo primero que hay que saber, es que el mundo de la política no es un mundo de favores: un regalo es siempre también un bozal, el que nos lo da esperará luego o bien un voto a cambio, o bien –lo que puede ser mucho peor- ciertos silencios. Independencia bajo tales circunstancias sólo la puede tener quien no se ha dedicado a mendigar favores del poder de turno. Pero hay un elemento más: tener independencia de juicio se logra no sólo mediante la relación adecuada con el poder, sino también mediante una psicología adecuada, una psicología que no se deja tentar por los favores y los reconocimientos. Lo más importante es aquí dejar como creyentes aquellas actitudes o emociones que nos hacen caer en las trampas de la política del reconocimiento. Uno de los principales rasgos de mentalidad que tenemos, por tanto, que cambiar, es la tendencia a vernos como discriminados que deben exigir una reivindicación. En la medida en que nos percibimos como tales, nos intentarán calmar con pequeñeces como un feriado; y si accedemos a eso, sólo obtendremos triunfos superficiales. Puede ser verdad que muchos evangélicos en la historia nacional hayan sido discriminados y que algunos aún lo sean. Pero eso es un elemento del seguimiento de Cristo que podemos asumir sin complejo alguno, sin entendernos como discriminados ni andar constantemente repitiendo que lo somos, sin hacer alarde alguno de dicha eventual discriminación y sin andar reclamando compensaciones ni favores.

Tener claridad al respecto nos permite sacar una última conclusión respecto de la actitud ante el voto en las próximas elecciones. En los últimos días representantes de algunas iglesias afirmaron que consideraban llamar al voto nulo en la próxima elección presidencial, y diversos movimientos ya han hecho tal llamado. ¿Es un llamado de ese tipo lo que aquí estamos también proponiendo? ¿Es esa la manifestación de independencia de la que hablamos? No. El llamado al voto nulo puede tener algo de sano: muestra que hay temas que son intransables, que se está dispuesto a públicamente afirmarlo, y que no se está instrumentalizando la fe a favor de alguna tendencia política. En alguna ocasión eso puede ser importante, y desde luego podemos en conciencia decidir que no hay nadie a quien podamos dar el voto. Pero, al menos en la forma en que ahora se ha hecho, el llamado ha permanecido dentro de la lógica de la política del reconocimiento: se avisa de antemano que sólo es por primera vuelta, para ver entretanto quién tiene más para ofrecernos. El resultado de eso salta a la vista: todos los candidatos se apuran en volver a manifestar su íntima comunión con el mundo evangélico, y algún obispo evangélico ya echa pie atrás en su llamado en menos de 48 horas. Todo un triste espectáculo de declaraciones y desmentidos, avances y retrocesos, sólo para oír de parte de los candidatos un par de frases de cortesía y proclamar luego que eso ha sido un gran logro para nuestras iglesias. No, esto no era la independencia de la que hablamos: hablábamos de una independencia que nazca de la profunda convicción de que Dios está gobernando todo, no de la impresión de que también nosotros tenemos una pequeña cuota de poder con la cual torcer el brazo de los poderosos o al menos presionarlos por un fin de semana. El cristianismo, como mensaje de orientación y de esperanza, tiene mucho que dar a nuestra vida pública; pero si entramos en dicha vida pública con las mismas estrategias de negociación del mundo, no sólo haremos un flaco favor a la vida pública y al Evangelio, sino que dejaremos en evidencia nuestra propia desorientación.

FUENTE: http://www.estudiosevangelicos.org/Actualidad/CA122009a.pdf


1 Véase al respecto la declaración "Feriado Evangélico: las razones de un no", disponible en diversos sitios de Internet, o el artículo "¿Feriado Evangélico o Educación Evangélica? Una nota sobre dos tipos de reconocimiento" publicado en julio de 2008 en la sección de actualidad de
www.estudiosevangelicos.org

2 Al respecto cfr. "Reposo Cristiano y Moral Universal", publicado en agosto en la sección de cuestiones fundamentales de www.estudiosevangelicos.org ESTUDIOS EVANGÉLICOS

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3 Respecto de este desarrollo véase Taylor, Charles. Multiculturalismo y la "política del reconocimiento" Fondo de Cultura Económica, México, 2001.

Escrito por CESAR

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